Lo había buscado la mañana entera, al fin pudo encontrarlo en un cajón de papeles donde ella lo guardara quién sabe cuándo. Lo tomó y lo puso en el bolsillo de la bata. Fue al baño, cerró la puerta. Se quedó mirando el enorme espejo. Lo que vio no le gustó ¿Quién era esa monstruosa mujer reflejada en él?
La culpa fue de la otra, la que ahora no aparecía, la que con su estúpido dueño de amor había desatado ese manojo de penas, de humillaciones y resentimientos. Sí, porque ahora ella, la desconocida del espejo, se había dedicado a querer borrar todos los errores cometidos en nombre del amor.
Volvió a la cama y dejó el arma debajo de la almohada. se durmió. Cuando despertó sintió nuevamente la ansiedad del espejo.
Otra vez esa desconocida cercana a la senectud se asomó en el. La otra indudablemente estaba ocultándose detrás de la figura que veía reflejada. Tampoco hoy podría matarla.
Volvió a la cama, rechazó lo que le trajeron para comer, no logró dormir. Ella sabía que la otra lo había amado con desesperación, con delirio y que él había aceptado ese amor sin comprometer nada. Cuando la otra lo comprendió trató de dejarlo, pero él regresó cambiado, vencido, pidiendo perdón y entonces ella abrió sus brazos y lo cobijó en ellos.
Duró poco, al saberse dueño, él ya no cuidó los tesoros de amor que ella le brindara, malversó sus ilusiones, abusó de su fe, rompió con su mansedumbre.
Debió ser entonces cuando la otra fue dejándola a ella en su lugar sin que se notara.
Así pasó el tiempo.
Lala vacilante se levantó para recobrar la imagen perdida. Pero era inútil, una y otra vez la que retornaba en el espejo era esa desconocida a quien su marido, es decir, el marido de la otra, llamaba la bruja arpía y debía ser así nomás, porque lo que ella veía en el espejo, no aparentaba ser otra cosa.
Realmente era horrenda . . . volvió a la cama y se quedó dormida. La despertaron voces, el dolor de un pinchazo en la pierna. ¿Qué hacían? La cara fresca de su hija con los ojos llenos de lágrimas estaba junto a ella, la acariciaba pidiéndole que volviera a estar bien. Después nada.
Cuando volvió a despertar estaba en un cuarto desconocido. Luego comprendió que era un sanatorio. El médico se acercó sonriendo, le palmeó la cara, la joven enfermera también sonreía:
--Lindo susto le ha dado a los suyos. Ya puede ir pensando en abandonar la idea de ajar de peso de esa manera. No comer no da ningún resultado positivo.
Lala hizo un gesto de desdén: ¡pobres! no habían entendido, no tenían la menor idea de su drama. Cerró los ojos. Cuando los abrió, a su lado estaba su marido que la miraba con expresión ansiosa:
-- Qué pavada haber dejado de alimentarte.
Juan María, su marido (o el de la otra) tenía el rostro cansado, los ojos sin brillo la miraban con ansiedad. Sintió piedad por él, ya no resentimiento. Él había sido el resultado de la candidez, de la estúpida insistencia de la otra.
-- Qué pavada haber querido matarte – dijo durante el regreso. Y cuando ella buscó el arma, él se adelantó para decirle:
-- Menos mal que la encontré debajo de la almohada antes que ellos llegasen.
Lala se dejó caer en la cama. ¡Estás loca, le escuchó decir, deberías tratarte psiquiátricamente!
No quiso seguir oyendo. Como de costumbre, él canalizaba sus propios miedos, agrediéndola.
Y lo estaba logrando.
Fuera de control se encerró en el baño, a pesar de querer evitarlo no pudo dejar de mirar hacia el espejo. Allí estaba esa mujer con el pelo enmarañado, los ojos saltando de la cara, un rictus de amargura en su boca crispada. ¿Qué imagen horrenda! Estaba sola con el monstruo. Tomó la algodonera de cristal y la arrojó con todas las fuerzas contra el espejo.
Multiplicada en cada uno de los trozos de vidrio, los monstruos se le vinieron encima, cubrieron su cuerpo hasta sepultarla.