jueves, 12 de febrero de 2009

PUNTO FINAL

Defraudada aquella vez, para castigar a su primer amante después de que descubriera que la engañaba con una cuarentona, ella, joven e inexperta, aceptó casarse con aquel hombre mayor, con mucho dinero. Su orgullo herido ante el fracaso amoroso, la había llevado a ese nuevo error.
Se separaron a los seis meses. Entonces decidió viajar, conocer mundo, disfrutar de los placeres. Y un día, por fin lo encontró a él. Ernesto, el hombre soñado: lo mejor que podía pasarle.
Se enamoró como nunca. No era para menos. Él era rico, famoso y además inteligente. Fueron dos años de tierna y distante relación, porque él siempre la respetó. Al cabo de un tiempo se casaron. A partir de entonces él cambió. Cansado de simular y como ya no lo creía necesario, puso en evidencia su verdadera personalidad. Odiaba los viajes, el campo, los pájaros, el cine, los versos. Le molestaban el ruido, las fiestas, las aglomeraciones, los cambios lo angustiaban.
Catequizaba todo el tiempo, sobre esto o aquello. No toleraba los animales domésticos. El sol lo dañaba, la lluvia lo deprimía. Y los niños, muy a su pesar, después de un rato lograban fastidiarlo. Cuando ella pretendía rebelarse, él decía que eso era el resultado de sus explosiones mensuales. Dramatizaba sus problemas anímicos al extremo de permanecer horas en silencio con la mirada sin luz.
Decía estar enamorado, pero no toleraba la cercanía de Nina en la cama después de hacer el amor. Ella no era feliz; no lo había sido nunca. Ahora comprendía que la felicidad no había que buscarla afuera; ahí no estaba. La felicidad era un estado de ánimo. Sin duda otra vez se había equivocado.

Cansada, vencida, ella hoy se arrojó por el balcón de su casa en Palermo Chico. Murió de inmediato.

Días después, su aparentemente atribulado Ernesto terminaba de vestirse en el preciso momento en que una Ferrari estacionaba frente a la casa, y de ella descendía un joven de aspecto deportivo. Ernesto corrió las cortinas. Se abrazaron en silencio. Luego, él sirvió dos copas, sacó un cassette y se sentaron muy juntos a escuchar la quinta de Beethoven.
En el rostro distendido de Ernesto comenzó a dibujarse una prometedora sonrisa, mientras acariciaba con su mano libre la blonda cabeza de Gerardo.