viernes, 9 de marzo de 2018

LOS GATOS

Anochecía. Hacía unas horas que la lluvia había cesado. La fuerte correntada lo arrastró un largo trecho, de pronto esa saliente del terreno con un trozo de roca le permitió hacer pie.
Todo se había perdido con la inundación. Las lágrimas brillaban en el curtido rostro, el cansancio y el desaliento lo invadían. Entonces vio que recalando en la roca, una pequeña embarcación quedaba varada. Dentro pudo ver a una mujer semiconsciente y una caja de cartón con cuatro gatitos. Recordó a la vecina que había quedado viuda y que se dedicaba a cuidar gatos. Pero esta mujer estaba tan destruida que no parecía la misma. Un botellón de plástico vacío tirado en el piso del barquito y sus labios secos mostraban quiénes habían consumido el agua. Haciendo un gran esfuerzo trasladó a los ocupantes del barquito a la supuesta isla. El sol que había calentado todo el día comenzaba a entrar. Volvía a anochecer.
Sólo le quedaba media cantimplora. Con una cañita le dió a la mujer que yacía sin fuerzas. Sin alimentos, el hambre loso devoraba. Preparó fuego con las maderas de lo que pudo rescatar del barco. Entonces miró a los gatos jugueteando unos con otros. ¡Estúpida mujer, les había dado su comida!, pensó con rabia. Se acercó. Los gatos apretándose unos contra otros, chillaban. Los tomó de las patas y los golpeó hasta que no se movieron. Luego con el cortaplumas los limpió. A la noche comió y le dió a la mujer y se quedaron dormidos abrazados.
Por la mañana un sol plácido no alcanzó a calentarlos, el zumbido de una lancha le devolvió a él la energía. La gente de prefectura los llevó al refugio.
A las pocas horas, según el informe, la mujer en un ataque de locura explicable después de tantas penurias, le había abierto el pecho con una cuchilla a su compañero de odisea.