jueves, 12 de febrero de 2009

POMPI

Al fin terminó esta horrenda pesadilla. Pasé todo el fin de año y los días siguientes junto a Pompi; papá y los médicos de su equipo trabajaron hasta el mediodía de hoy, Pompi ha perdido tres deditos de su mano derecha y uno de la izquierda.
Me he pasado todas estas horas rezando, pidiendo por ella y por mí. Desde que la trajeron de la sala de operaciones estoy a su lado. Me cuesta entender tantas cosas que han ocurrido . . .
Sin duda Rudy fue mi primer amor. Cuando nos casamos todo resultó maravilloso. La boda en el Santísimo, la luna de miel en Mónaco y después mi embarazo. Luego, el tremendo aburrimiento de Rudy. Sus múltiples aventuras, los días de soledad. ¡Cómo pudo cambiar tanto! Aquel año en Europa yo bailaba para él y él me amaba y después él se fue con Francis y yo me quedé con Pompi, con los berrinches de Pompi, con las cosas que desaparecían, con las rayuelas de esmalte de uñas, con los círculos que Pompi dibujaba, con su afán por fastidiarme. Y lo extraño, todo extraño . . .
Un día, Alicia encontró la preciosa muñeca que le había regalado cuando cumplió tres años, le faltaban los ojos. Le pregunté y, como siempre, ella dijo que no sabía nada.
No puedo dormir, me siento sola, me falta Esteban, creía que era definitivo, nos entendíamos pero también él se fue con su ex mujer y sus tres hijos a Puerto Rico. Nada hacía suponer que nuestra relación terminaría así, así como terminó mi matrimonio con Rudy, él fue mío, al comienzo de nuestras relaciones estaba tan enamorado, luego su indiferencia y mis intentos por atraerlo, yo cedía siempre ante su exigencia para que bebiera antes de hacer el amor. Me gustaba saber que lo complacía. Siempre traté de ser complaciente. Papá lo dice con frecuencia, Esteban también lo decía, para él fue fácil convencerme de fumar un porro antes de amarnos, sólo uno porque hay que ser controlado. Yo lo hacía para complacerlo, yo soy así. En cambio mi Pompi no es complaciente, ella no cede con facilidad. En realidad nunca supe manejar a Pompi y a veces me asustaba. Una noche me tiró un frasco de pastillas por el suelo y me miró con aire desafiante. Otra madrugada me desperté con el ruido del agua que corría. Me levanté. Pompi estaba de pie encima de la tabla del inodoro y pulsaba el botón de descarga una y otra vez. El agua salía desbordando. Todo el piso del baño estaba mojado. La saqué de ahí y la llevé a su cuarto. Regresé al baño, levanté la tapa. Algo impedía la salida del agua y no la dejaba correr libremente. Metí la mano y ahí estaba el oso blanco que Esteban le había regalado esa noche, le faltaban los ojos.
En cambio yo sé que soy complaciente. Para su último cumpleaños me pidió un gato y no quiso un siamés, sino un gato negro. También esa madrugada me desperté sobresaltada con los maullidos que provenían del baño. Pompi de rodillas en el piso y sobre un toallón al tenía al gato empapado en aceite.
En estos últimos tiempos Pompi había tomado la costumbre de levantarse después que yo me dormía. Yo sé que ella aguardaba despierta ese momento, yo sé que era así, yo sé que a propósito hizo lo que hizo.
Yo estaba tan mareada, había ido al barcito y con el vino helado me senté a pensar en mi destino de tremenda soledad y bebí y cuando regresé para dejar de pensar tomé las pastillas y me acosté. Aún estoy confundida, me desperté sobresaltada y vi a Pompi de rodillas sobre el sofá de mi cuarto. Podía ser cierto o lo estaba soñando. Ella pegaba con plasticola la cara de Rudy que había recortado de una fotografía y también la otra donde estábamos los tres que yo siempre tuve en mi mesa, y estaba agujereada la pana del sofá y en los huecos ella ponía las fotografías y entonces cuando se dio cuenta de que yo la observaba no se sorprendió, se rió desafiante, sus ojos se pusieron rojos. Yo también vi rojo y ahí estaba la fusta de papá y sus manos tendidas y le pegué muchas veces, sin pensar, hasta que cayó, hasta que vi su sangre.

“En el cuarto del sanatorio, Pompi abrió los ojos, Sandy, su madre, dormitaba y se sacudía presa de terribles sueños. La niña fijó sus ojos en aquel rostro atormentado, tanto, que ella despertó.
– ¿Qué pasa, qué pasa Pompi? – preguntó Sandy.
La niña desvió la mirada, buscó sus manos entre ese montón de gasas y algodón.
Devolveme las manos, Sandy, te prometo que nunca más jugaré con las tijeras
– dijo.
Pompi volvió a dormirse”
Eso es lo que yo escuché, dijo la nurse Alicia. La madre estaba asustada, estoy segura, continuó.
El doctor Corral guardó silencio. Ahora podía reconstruir los hechos pero no los entendía. Pompi había manifestado tantos deseos de quedarse en su casa cuando salió del sanatorio, que él creyó conveniente para su recuperación acceder a u pedido. No llegó a darse cuenta a tiempo de la falta del arma.
Esa noche, siguió diciendo Alicia, la señora estaba más inquieta que de costumbre, se fue a costar y Pompi daba vueltas como solía hacerlo. Estaba callada después del accidente, pero le gustaba andar detrás de ella. Y entonces regresé a darle el antibiótico. Pompi estaba acurrucada detrás de la puerta del cuarto de su madre, la puerta permanecía entornada, la niña miraba por el hueco. No sé cómo describir la risa de Pompi, la mirada cruel de Pompi, antes de escuchar el disparo.
Corrí, las señora estaba echada sobre la cama cubierta de sangre y tenía el revólver en la mano.
Grité, fui a buscar a Pompi, la encontré en su cama. Ella dormía abrazada a su gato.